OJO DE "LOCA" NO SE EQUIVOCA

domingo, 18 de mayo de 2008

Un huevo no es un pollo
Alguna vez le pregunté a mi madre si se había
hecho algún aborto. Me dijo que sí con aburrida
indiferencia y después hablamos de otra cosa,
mientras ella apagaba la tele donde el cura
Hasbún vomitaba sentencias y amenazas con cola de lagarto.

Algo hay que decir, al menos desatar la ira
frente a la impudicia de cinco momias del
Tribunal Constitucional que se arrogan el derecho
de apoderarse del cuerpo de la mujer para decidir
sobre sus proyectos fecundatorios.

Pareciera que después de tanto andar en el
difícil trayecto de la liberación, ciertos
proyectos de identidad que creíamos ganados son
remitidos a la mazmorra feudal del catolicismo
inquisidor. ¿Pero quiénes hablan de la vida y la
familia con la boca llena de espermios vinagres?
La misma derecha miliquera cómplice del crimen a mansalva.

¿Quién habla de la vida y pone los ojos blancos
mirando al Altísimo? El mismo prelado al que se
le espumea la boca negando el condón, que es el
único salvoconducto en la frontera del sida.
¿Acaso, señor eclesiástico, su celibato pedófilo
es más recomendable? Tal complicidad retrógrada
entre los magistrados y la curia violenta el
derecho que tiene toda mujer a decidir sobre su
cuerpo. Si no eres dueña de tu cuerpo, mujer, ¿de
qué mierda eres dueña? Mujer pobre, mujer
proleta, mujer obrera, cansada de trabajar,
lavar, educar, amamantar a la prole que, según
estos beatos, te manda Dios. Como si Dios te
diera un bono de mantención para la crianza. Como
si los críos vinieran con una beca divina. Mira
tú, si los ricos Opus pueden darse el lujo de
parir a destajo porque les sobran las lucas.

En el fondo, como dice una amiga, este pastel
podrido es segregación clasista. Que tengan
guaguas como conejas las cuicas UDI, que tienen
servidumbre para que les críen a los nenes
blanquitos. Porque también, si ellas no quieren,
pueden hacerse el aborto de un millón, en el
fundo o con el médico de la familia, y después
llegar regias al cóctel en La Dehesa.

Pero esa realidad glamorosa no es la suya, señora
pobla. Con cueva ha logrado tener tres niños, y
aun así, usted y su marido se sacan la chucha
para educarlos. Y esa monserga de la vida, del
huevito, del feto de días que piensa, canta ópera
y recita la Biblia, el feto filósofo que es más que un ser humano.

Quién sabe, quién tiene la seguridad del momento
cuando empieza el mambo de la vida. Pura culpa y
más culpa que le meten en la cabeza. Como dice mi
amiga feminista Raquel Olea, ¿cuando usted se
come un huevo, qué se come: un huevo o un pollo.
Dirán que esto es facilismo. ¡Manual feminista!,
gritará alguna cuica Opus. ¿Y qué? Todas las
mujeres populares saben del aborto, del palo de
perejil, del alambre y de los riesgos que corren
con las aborteras clandestinas.

Además, todas conocen los malos tratos y
crueldades a que las someten en las postas
públicas cuando llegan con hemorragia. La culpa
cultural es la construcción madre, virgen y
mártir que ha hecho esta sociedad occidental de
la mujer. ¿Qué sabe el hombre de un cuerpo
agredido en su género desde que nace? Nació
chancleta, decía antes la gente, y las perritas se ahogaban en el río.

Lo mismo pueden decir de mí; qué sé yo de esto,
de un territorio corporal tan vasto y mortificado
por un designio religioso y parturiento. Y quizá
tendrían razón, pero me complicito con la
libertad del cuerpo mujer y sus decisiones de
supervivencia, de tener o no hijos, de tomar la
píldora del día después, después de tener un rico
sexo espumeante. ¿Por qué estos rígidos señores
condenan a la clase trabajadora a tener sexo sólo
procreativo? ¿Y si el polvo era sólo por
calentura casual? Si la cachita era sólo para
pasar la neura, sólo por deseo. Ustedes,
señoronas de misa dominical, ¿conocen la palabra
deseo? ¿O sólo se abren de piernas para tener
hijos? Pero ese es problema de ustedes, y no
tienen que imponer esa moralina al país entero.

Tampoco se crean las damas zorrijuntas que llegar
al aborto es una gimnasia recreativa. Si fallaron
las pastillas, si no resultó el tarro, si el
condón se rompió, la colegiala, la pobladora,
tiene que vender lo que no tiene para arriesgarse
con un raspaje con gillete mohosa.

Alguna vez le pregunté a mi madre si se había
hecho algún aborto. Me dijo que sí con aburrida
indiferencia y después hablamos de otra cosa,
mientras ella apagaba la tele donde el cura
Hasbún vomitaba sentencias y amenazas con cola de lagarto.


Por Pedro Lemebel


2 comentarios:

Las Choras del Puerto dijo...

Nos encanto esa reflexión de Pedro, muy real y por supuesto muy chora.

Muchos cariños desde el Puerto de Valparaíso.

Nuestros Derechos no se Transan!!!

Natalia Molina dijo...

El siempre tan asertivo Lemebel
Me gusta porque habla desde abajo
Abajo de abajo , donde compartimos la fiesta

Natalia.